(Tomado de la tesis doctoral: La Pedagogía del Caos. Por José Vicente Rubio)
Decía el físico Richard Feynman (1998, p. 44) que antes de 1920 la imagen que se tenía del mundo era de las cosas a gran escala: “Luego se descubrió también que las reglas para los movimientos de las partículas eran incorrectas. Las reglas mecánicas para la «inercia» y las «fuerzas» son erróneas –las leyes de Newton son erróneas– en el mundo de los átomos. En su lugar se descubrió que las cosas a pequeña escala no se comportan como las cosas a gran escala”.
Pero si bien ese comportamiento bastante extraño, que se detectaba a través de instrumentos técnicos y matemáticos, era incomprensible para el entendimiento humano, y no había forma de experimentarlo debido a su infinita pequeñez, en ese panorama existe un principio que es clave para acercarnos a ese mundo de misterio: es el principio de incertidumbre de Werner Heisenberg, a partir del cual, según Greene (2011, p. 133), “la física dio un giro de noventa grados, para no volver jamás sobre sus pasos. Las probabilidades, las funciones de onda, las interferencias y los cuantos, todo esto lleva consigo unos modos radicalmente nuevos de ver la realidad”.
Así mismo, González (2001, p. 90), citando a Bohr, dice: “si no sentimos vértigo ante la mecánica cuántica es que no hemos entendido. Suponemos que el vértigo nos ataca ante lo desconocido (…). Bohr nos previene de que será a la inversa: sentiremos vértigo al conocer”.
Teniendo presente esta dificultad para acercarnos a la Física cuántica y en particular al principio de incertidumbre, parece necesario abordar conceptos que permitan, además de llegar a él de una manera amable, desentrañar su formidable riqueza; por eso comenzamos por el camino que trazó la física a finales del siglo XIX.
Para realizar este viaje en forma didáctica, vamos de la mano de Marxia y Camilo, dos estudiantes universitarios que han viajado al mundo cuántico, y allí adoptan el papel de protagonistas de “Los juegos del hambre”1. Se encuentran en la inauguración de los 75 años de los juegos, y la plazoleta del capitolio está repleta de un público vibrante.