Novena y última entrega del “Diario de un inmigrante
digital de 61 años”.
Hace un año, en febrero de 2013, fallaron al tiempo mi PC
y mi portátil. Estaba haciendo una investigación para la Secretaría de
Educación de Bogotá y allí se ahogaron todos mis archivos. Los únicos que se
salvaron eran los que había intercambiado por correo electrónico con mis
colegas. Ese día caí en cuenta de que la única forma de tener la información a
buen recaudo era en grandes servidores como aquellos que alojan nuestros
mensajes de correo. Esa era una de las formas de computación en la nube y a
partir de aquel día empecé a pensar seriamente en trasladar a la nube todos los
archivos que produjera o que pudiera recuperar.
Quien quiera conocer la historia de mi traslado a la nube
y de todas las experiencias que debí padecer pero también disfrutar, puede
remitirse a las 8 entregas anteriores del Diario de un inmigrante digital de 61 años. Hoy me dedicaré a presentar el estado
actual de mi experiencia que sin lugar a dudas valoro como totalmente positiva.



